Nuestra demarcación, objetivo permanente y campo de batalla preferido de las cabezas coronadas del norte y del sur, habrá quedado al mismo tiempo (desde el reinado de Luis XI hasta el de Luis XIII), profundamente afectada por el deterioro de las relaciones entre Cataluña y Castilla.
Dicha oposición entre catalanes y castellanos tomará un giro inesperado.
En medio del gran conflicto llamado "la guerra de los Treinta Años" que abraza toda Europa entre 1618 y 1648, Francia y España entran en guerra abiertamente, la una contra la otra en 1635.
En 1640, excedidos por las presiones económicas y las exacciones de los soldados, los catalanes se sublevan contra la corana de Castilla.
Se trata de la famosa revuelta de los "Segadors" (los Segadores), dirigida por Pau Claris, canónigo de Urgell, quien pide ayuda a Francia y no duda, en el año 1641, en proponer al rey de Francia Luis XIII, que le reconozca como Conde de Barcelona.
A consecuencia de ello, se duplica la intensidad de la guerra entre Francia y España, y en primer lugar, en nuestro territorio. El Príncipe de Condé asedia Elne, sus tropas conquistan Collioure y luego, el 29 de agosto de 1642, Perpiñán.
Después de estos acontecimientos, se inscribe un acta que se puede considerar que tenía que sellar definitivamente lo que constituye, aún hoy en día, la personalidad, fuerte y original, de los habitantes de los Pirineos Orientales, los catalanes, perfectamente integrados en Francia y, a la vez, profundamente atados a sus raíces.
Dicho acto es el Tratado de los Pirineos, firmado en 1659, entre Felipe IV, rey de España y Luis XIV, rey de Francia.
El condado de Rosellón, el del Conflent y 33 pueblos del condado de Cerdaña irán a Francia, excepto Llívia, enclave español en la parte francesa de la frontera.
No obstante, los habitantes de la nueva "Provincia de Rosellón" no sacan únicamente inconvenientes de su nuevo estatuto. Los administradores de Luis XIV, Luis XV y luego Luis XVI, arreglarán el territorio y se esforzarán para volver a levantar la economía, y sobre todo, promocionar la inmigración interior, poblando el Rosellón de soldados, sacerdotes y campesinos procedentes de otras provincias francesas. Algunos artistas pronto seguirán.
A la víspera de la Revolución Francesa, apenas más de un siglo después del Tratado de los Pirineos, la población casi se había duplicado, con más de 100.000 habitantes.

Además de las que son comunes a las otras provincias del reino de Francia, que presentan una diferencia lingüística y cultural marcada así como una organización política, jurídica y social especial por la persistencia de estructuras y costumbres antiguas, las consecuencias de la Revolución Francesa serán importantes para el Rosellón.
En efecto, la demarcación de los Pirineos Orientales nació el 6 de marzo de 1790, uniéndole a la provincia del Rosellón, considerada demasiado pequeña, unos treinta municipios de la zona de Fenouillèdes.
Se hizo falta más de un siglo para que la integración a la República Francesa fuera efectiva.
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